La oposición equivocada.
A veces vivimos acumulando cosas, obras de arte, fotos,
cubiertos de plata y preciosos muebles. Yo también lo hice y después morí y
murieron mis hijos. Y mis nietos no supieron qué hacer con tantos trastos, los
tiempos han cambiado mucho. Ahora no hay sitio ni tiempo, ni ganas de
custodias. Se lleva una vida práctica. Los libros ya no se acumulan en
estanterías, están en un e-book.
Los muebles grandes no caben en las casas, dicen que tienen aire tétrico. Traen
los muebles en pequeños paquetes, los montan y no pretenden que duren. Nadie
quiere ya que sus nietos hereden la puñetera mesa, ni siquiera que les acompañe
durante su corta vida. Certifico que es corta, la mía lo fue en exceso. Yo
quizás tuve la suerte de dejar un digno cadáver y el respeto vitalicio de mis
hijos y de mis nietos por referencia.
Mi hija pequeña solo tenía cuatro años cuando dejé viuda y
seis hijos, la mayor con diecinueve años. No existía por entonces más que unas
pequeñas mutuas que aportaban ridículas pensiones y colegios sectoriales de
huérfanos, así que mi viuda gestionó medio bien la educación de mis hijos, que
pronto aprendieron a ayudar a su madre económicamente y ella, mimada princesa, terminó tiranizando a las
chicas tal y como había hecho conmigo, mientras me tuvo a su lado.
Mi mujer, con la que por cierto discutía a diario, me amaba
entonces en lo más profundo de su ser. Si me hubiera amado así mientras vivía,
probablemente hubiera sido un hombre feliz. Pero en vida ni supo, ni supe darle
felicidad. En su afán de rendirme homenaje, aún rozando la miseria, no quiso
desprenderse de nada que le recordara a mí. Guardó con celo todas las pequeñas
y grandes cosas que yo había ido adquiriendo a lo largo de mi corta vida, e
inculcó a mis princesas esta misma costumbre. Cuando en realidad, yo en los
últimos tiempos, por mi situación económica trataba de vender todo cuanto
tuviera valor alguno y hacía gestiones para conseguirlo. Así quedó reflejado en
las numerosas cartas que redacté ofertando todas mis adquisiciones en pintura,
escultura y muebles antiguos. Cartas que supongo que, aún seguro fueron leídas
por mi familia, ya que archivé copia de cada una de ellas, jamás se
mencionaron. Se corrió un tupido velo acerca de mis escritos y correspondencia
y se inventaron un padre y un marido que poco tenía que ver conmigo. Eso sí,
crearon un estudiante precoz, brillante y estupendo doctor en medicina. La
verdad es que tuve mucho que darle a la ciencia y le di cuanto pude, no tuve
tiempo de más.
Mi vida poco tenía que ver con mis proyectos. La sociedad
reaccionaria y provinciana limitaba las
oportunidades. Planeaba por tanto llevar a la familia a Madrid y otras muchas
cosas más que se ocultaron para siempre. Hasta que la nieta que no conocí,
deshaciéndose de trastos viejos y sacando por ellos lo que los piratas del arte
le ofrecían, rescató mi legado, mi correspondencia y mi primer diario.
Tengo que confesar que había otro diario, que es de lo
poquito que mi mujer y mis hijas hicieron desaparecer. Este diario mataba al
padre que habían mantenido vivo durante tantos lustros. El papi que no era yo,
si no el que ellas hubieran querido que fuera. ¡Qué suerte tuvieron! Fui tal
como soñaron, desde el momento de mi muerte hasta el de las suyas, para lo que
por cierto pasaron bastantes años.
Dejé de observar el día que vi que ninguno de mis seis
hijos parecía feliz; su evolución poco o nada tenía que ver con las
orientaciones que yo les hubiera dado. Ninguna de las chicas formó una familia,
me imagino que en eso algo tuvo que ver mi princesa, actuando de "espanta
novios". Aunque ellas supieron organizarse en su economía mejor que los
chicos, que sí tuvieron familia. Ellos no parecían hijos míos, no eran nada
independientes a nivel afectivo, buscaban la felicidad donde jamás existió, en
la mediocridad.
Me cansé de oír fantasías sobre mi persona. ¡Caray!, yo era
republicano y mis hijos de derechas. Decían que yo hubiera sido de derechas si
hubiera conocido a un tal Girón, que por lo visto instauró la Seguridad Social
en España. Decían que yo hubiera, hubiera, y hubiera... Cuando realmente yo
sería yo, y ellos serían diferentes, llevarían mi impronta, me habría metido en
sus estudios, en su futuro. Me temo que los que cambiaron su destino al morir
yo, fueron ellos.
Yo nací en Madrid en febrero de 1882, viví allí hasta los
diez años y después me trasladé con mi familia a Valencia. Mi padre era abogado
y tuvo la oportunidad de administrar el Castillo de Montesol. El marqués
confiaba ciegamente en él, y no era para menos. Era el hombre más íntegro que
conocí en mi vida. Mi madre, una dama.
Éramos cuatro hermanos y crecimos felices y con hambre de
aprender. Yo era el segundo. Mi hermano mayor, Gonzalo, siguió los pasos de
nuestro padre, estudió Derecho y trabajó con mi padre hasta que se enamoró y se
fue. Mi hermano Nenín era pianista, al ser el pequeño y mostrar inquietudes
musicales, mis padres le orientaron en esa carrera. Aunque era inconstante y de
personalidad desordenada, a menudo no cumplía sus compromisos y terminó
mendigando por nuestras casas y alterando los nervios de todos. Mi hermana
Pilar se casó con un militar de una conocida familia y dedicó sus días al
cuidado de los suyos.
Yo me decanté por la medicina, era buen estudiante y desde
pequeño sentí que era mi destino. Amaba las prácticas curativas. Terminé la
carrera con buenas notas en 1902 con solo veinte años y me fui a Madrid a
cursar el doctorado. Allí conocí gente muy interesante de la ciencia y la
cultura e intenté hacerme una clientela y establecerme. Pero mis habilidades en
este terreno eran nulas. Así que una vez convencido de que eso no era lo mío,
decidí hacer oposiciones. No quería dejar aquel ambiente, pero no podía de
ninguna manera pedir a mis padres más esfuerzos económicos y a fin de poder
independizarme, comencé a estudiar todas las oposiciones que caían en mis
manos. Me centré principalmente en las de La Beneficencia de Madrid, y aquello
fue un desastre; aprobé con suerte el primer examen pero algo pasó con el
Tribunal, se enfadaron entre ellos y tardaron siglos en citarnos para la segunda
convocatoria. A modo de broma me presenté a las oposiciones de Médico de la
Armada; solo me dio tiempo a leer por encima el temario y cuál fue mi sorpresa
cuando constaté que había obtenido el número dos. Me vi de la noche a mañana
convertido en militar y viviendo en Cartagena, con subordinados galones y todo.
Aquella chiquillería cambió el rumbo de mi vida para siempre.
Por mi carácter pacificador e inquieto, no era en el
ejército donde me sentía mejor. No tardé en adquirir fama de listo y
trabajador. No nos engañemos, allí mis colegas no trabajan mucho. Una vez
aprobada la oposición, se dedicaban a administrar lo poco que ganaban y a
ascender. No querían complicaciones, nada que les hiciera dedicarse a la
molesta tarea de pensar. Así que aún trabajando poco parecía que trabajaba
mucho, y aquello me trajo no pocas dificultades, aunque también ciertas
ventajas. Allí todo se asumía como una orden, tanto por los superiores, como
por los subordinados; no valía un consejo ni una discusión sobre nada. Y para
la medicina no hay nada peor que eso.
Cuando podía viajaba a Valencia, no tanto como quería ya
que el dinero no me llegaba para mucho. Mi novia rompió su compromiso conmigo
por mi falta de atención, unida al mal servicio de Correos. Mi familia entendía
cómo estaban las cosas.
Decidí entonces montar una consulta privada. Alquilé una
casa espantosa con un papel pintado que se caía a jirones; pasaba mucho tiempo
tratando de adecentar aquel espacio. Daba a un callejón oscuro con olor a orines
y a una pensión donde se ejercía el oficio más antiguo del mundo. La mayoría de
mis pacientes no tenían recursos. Visto lo visto me especialicé en urología y
me llegaron a conocer como el "sifilólogo". Con tal sobrenombre tenía
naturalmente una buena cartera de clientes, pero todos con pocos recursos; a
los que más tenían era igual de difícil cobrarles ni un céntimo. Me fabriqué
una lámpara y fui adquiriendo una buena
biblioteca. Podía estudiar y pasaba mucho tiempo allí, la mayoría de
las veces enfrentado a mi peor demonio, la pereza.
En el hospital, todo seguía igual que al principio,
guardias tranquilas y conversaciones relajadas. No era mi plan de vida. Mi
inteligencia y mi saber, empezaban a mermar a velocidad de vértigo, así que
centré todas mis habilidades pequeñas y grandes en trazar un plan para salir de
allí. Encargué un par de trajes nuevos y comencé a frecuentar el Casino, a
participar en tertulias y a relacionarme con la gente más culta y con más
inquietudes de la población. No me costó nada entrar en ese ambiente. Una cosa
llevó a la otra y al poco tiempo ya tenía una consulta decente, con clientes de
recursos. Fue entonces cuando decidí dejar el ejército y gastar todo mi tiempo
en progresar. La cosa pintaba bien. Nunca hablé por hablar, estudiaba, me
informaba y después, afirmaba.
Comencé a ganar bastante dinero y a considerar que era hora de formar una
familia. Fue entonces cuando entró en escena mi princesa.
Hermana de un colega inteligente y pintoresco, me la metió
bastante por los ojos. Ella era ambiciosa y contraria a mí políticamente, pero
sin darme ni cuenta estábamos comprometidos y haciendo planes de futuro. No fue
una relación fácil en ningún momento, aún así la amé y formamos una gran
familia. Tuvimos seis hijos y difícilmente nos poníamos de acuerdo con respecto
a su educación o a cualquier otra cosa. Para no discutir decidí centrarme en el
trabajo y dejarle a ella la administración de la casa y el cuidado de los
chicos.
Comencé a trabajar en muchos sitios; fundé y dirigí un
hospital, colaboraba en el centro de la tuberculosis, seguía con mi consulta,
tenía cargos en el Colegio de Médicos, en la revista médica; escribí un libro
sobre la gripe y me afilié al Partido Socialista. Apenas veía a mis hijos, me
pasaba horas escribiendo y estudiando en mi despacho y a veces me iba al
trabajo sin haber pasado por la cama. Profesionalmente me fue bien, pero nunca
conseguí ser feliz. El resultado era que yo ganaba más y más, pero en casa se
gastaba cada vez más. Nunca
le dije a ella que tenía que recortar gastos, mi papel en esa casa era que no
faltara de nada, solo se lo decía de forma
sutil, sutilezas que nunca captó. Mi crédito mermaba y nunca llegaba, cada vez
eran más cosas, más servicio, más ropas, más de todo. Yo cada vez trabajaba más
y tenía menos. Con frecuencia pensaba que solo llegaría a estar tranquilo el
día que me quedara tieso.
Llegó la República y de esa manera, me convertí en uno de
los cuatro vicealcaldes del Ayuntamiento. Marzo de 1931, cuarenta y ocho años,
seis hijos y cinco trabajos, ahora seis. Las cuentas del Ayuntamiento eran un
desastre, peor aún que las de casa, allí no había un duro. Yo tenía dos
intereses; el primero era que la población tuviera un agua de calidad, pues
como médico veía la cantidad de gente que moría por las malas condiciones del
agua. Y el otro era que al final se terminará la obra de las "Casas
Baratas”, barriada emprendida por el ayuntamiento anterior y que quedó
abandonada por falta de pagos. Estas viviendas venían a solucionar el problema
de alojamiento de muchas familias, previo pago de un pequeño alquiler social y
con opción de compra. Pero no había dinero para nada importante y se hacían
suscripciones para ornamentar la ciudad, pero nunca para estas cosas. Lo
difícil de todo ello era no perder los nervios, jamás los perdí en público. Me
dejaba ningunear por todos, por mis compañeros de la Alianza Republicana, por
la oposición y por mi propia mujer.
Una mañana de agosto me dirigía al Ayuntamiento a un Pleno
extraordinario sobre las "Casas Baratas". Me venía doliendo la cabeza
desde hacía varias semanas, no hacía más que repasar cuentas de lo que me
debían, de lo que debía; de la clínica, de la casa, del Ayuntamiento, del
hospital. Nada cuadraba en ese balance mental. Y así fue como en medio del Pleno,
me dio un infarto cerebral que no supe ver con antelación, aunque sabía que
cualquier día me pasaría. A los tres días descansé para siempre. La ciudad me
rindió homenaje, me pusieron una calle. Mi mujer me adoraba. Y en los
periódicos dijeron: " Ha muerto un hombre bueno y un excelente
doctor". Lo certificó mi partido y también la oposición. Sacaron adelante
mis proyectos en el Ayuntamiento. Mi familia se fue a vivir a las "Casas
Baratas". Yo a un Campo Santo de aquel sitio al que me llevó la oposición
equivocada.