Ana-Malva en el país de las
Maravillas.
Ana Malva era una niña de once
años, alegre y muy sentimental, amaba a
los animales. Era morena con la piel canela clara y unos ojos negros preciosos
con enormes pestañas, su pelo, rizado y castaño. Le molestaba el rizo, siempre le parecía el pelo más
corto, aunque era largo, soñaba con
lucirlo por la cintura. Ese era su primer sueño, el segundo, era convertirse en
la mejor veterinaria de España y cuidar a los animales.
Un día, Ana que así le gustaba
que la llamaran, se quedó durmiendo en el banco del jardín junto a sus perritas
Bimba y Lía. Hacia un sol primaveral de lo más agradable y pronto empezó a
soñar…
Llegó a su bonita clínica
veterinaria, con su bata blanca y su pelo por la cintura. Allí estaba sentada, Lía
su perrita beagles, era sin duda la mejor recepcionista
que había podido encontrar, Lía les preguntaba directamente a los perros dónde
les dolía y ellos se explicaban perfectamente y no como los dueños, que
realmente no lo sabían, nunca sabían nada.
–Hola Ana, estas muy guapa con
el pelo suelto, dijo Lía.
–Hola Lía, dime ¿tenemos muchos
pacientes esta tarde?
–Sí, bastantes. Ron el perro de
Carlos, tiene gripe aunque el dueño cree que casi se esta muriendo, yo creo que
lo arreglas bien con un buen jarabe. Después hay dos periquitos que están
tristes, un canario que ha dejado de cantar, y un hámster con una verruga que
habrá que quitarle. Eso es todo de momento.
–Muy bien Lía, eres la mejor. Ya
puedes ir pasándolos por orden de llegada. Y dile a Bimba que pase a ayudarme,
yo sola no podré con tanto.
–Enseguida, Ana.
Ana pasó la tarde atendiendo a
sus pacientes junto a Bimba. Lía atendiendo las llamadas. Estaba encantada de
sus dos ayudantes, nunca discutían con ella. Aún recordaba los días en que fue
mamá la que le ayudaba y no paraba de quejarse de cómo se hacían las cosas. El
negocio había ido bien, consiguieron una buena cantidad de dinero y Ana decidió
llevarlas a cenar, subieron las tres a su coche ranchera y descapotable.
A Bimba le apetecía ver el mar, así que se
dirigieron a la playa. Vieron que la casa de Pablo estaba abierta y Bimba quiso
visitar a su hija Mancha que vivía con él. Ana pensó que sería buena idea
hablar un buen rato con un ser humano. Decidieron recoger a Pablo y a Mancha,
pasaron por un Mcdonald, compraron un
menú para cada uno, el de los humanos con patatas y bebida, los otros tres con
doble de hamburguesa.
Cenarían en la orilla del mar,
aunque hacia un poco de frío y ni Pablo, ni Ana pensaban bañarse, las tres
perritas si lo hicieron y jugaron y corrieron por la playa, mientras los dos
primos saboreaban su cena y hablaban de sus cosas. Ana le comentaba a Pablo lo
feliz que era, trabajaba con sus mejores amigas, nunca discutían, ganaba
bastante dinero y tenia el pelo extra largo, más feliz no se podía ser.
Ana se enfadó bastante cuando
oyó la voz de mamá llamando para la cena, se despertó y vio a sus perritas
durmiendo junto a ella. ¡Qué pena! Pensó, –solo ha sido un sueño. Mamá le dijo
que no se enfadará que había venido su primo Pablo y cenarían Mcdonald,
además que Pablo se había empeñado en comprar doble de hamburguesa para las
perritas, ya que estaban de oferta. Y también estaba Mancha.
A Ana enseguida se le pasó el
enfado y se sintió feliz y con mucha suerte en la vida, ya tendría tiempo de
que su pelo creciera y de trabajar.