martes, febrero 26, 2013


Ana-Malva en el país de las Maravillas.


Ana Malva era una niña de once años,  alegre y muy sentimental, amaba a los animales. Era morena con la piel canela clara y unos ojos negros preciosos con enormes pestañas, su pelo, rizado y castaño. Le molestaba  el rizo, siempre le parecía el pelo más corto, aunque era largo,  soñaba con lucirlo por la cintura. Ese era su primer sueño, el segundo, era convertirse en la mejor veterinaria de España y cuidar a los animales.

Un día, Ana que así le gustaba que la llamaran, se quedó durmiendo en el banco del jardín junto a sus perritas Bimba y Lía. Hacia un sol primaveral de lo más agradable y pronto empezó a soñar…

Llegó a su bonita clínica veterinaria, con su bata blanca y su pelo por la cintura. Allí estaba sentada, Lía su perrita beagles, era sin duda la mejor recepcionista que había podido encontrar, Lía les preguntaba directamente a los perros dónde les dolía y ellos se explicaban perfectamente y no como los dueños, que realmente no lo sabían, nunca sabían nada.
­
–Hola Ana, estas muy guapa con el pelo suelto, dijo Lía.
–Hola Lía, dime ¿tenemos muchos pacientes esta tarde?
–Sí, bastantes. Ron el perro de Carlos, tiene gripe aunque el dueño cree que casi se esta muriendo, yo creo que lo arreglas bien con un buen jarabe. Después hay dos periquitos que están tristes, un canario que ha dejado de cantar, y un hámster con una verruga que habrá que quitarle. Eso es todo de momento.
–Muy bien Lía, eres la mejor. Ya puedes ir pasándolos por orden de llegada. Y dile a Bimba que pase a ayudarme, yo sola no podré con tanto.
–Enseguida, Ana.

Ana pasó la tarde atendiendo a sus pacientes junto a Bimba. Lía atendiendo las llamadas. Estaba encantada de sus dos ayudantes, nunca discutían con ella. Aún recordaba los días en que fue mamá la que le ayudaba y no paraba de quejarse de cómo se hacían las cosas. El negocio había ido bien, consiguieron una buena cantidad de dinero y Ana decidió llevarlas a cenar, subieron las tres a su coche ranchera y descapotable.

 A Bimba le apetecía ver el mar, así que se dirigieron a la playa. Vieron que la casa de Pablo estaba abierta y Bimba quiso visitar a su hija Mancha que vivía con él. Ana pensó que sería buena idea hablar un buen rato con un ser humano. Decidieron recoger a Pablo y a Mancha, pasaron por un Mcdonald, compraron un menú para cada uno, el de los humanos con patatas y bebida, los otros tres con doble de hamburguesa.

Cenarían en la orilla del mar, aunque hacia un poco de frío y ni Pablo, ni Ana pensaban bañarse, las tres perritas si lo hicieron y jugaron y corrieron por la playa, mientras los dos primos saboreaban su cena y hablaban de sus cosas. Ana le comentaba a Pablo lo feliz que era, trabajaba con sus mejores amigas, nunca discutían, ganaba bastante dinero y tenia el pelo extra largo, más feliz no se podía ser.

Ana se enfadó bastante cuando oyó la voz de mamá llamando para la cena, se despertó y vio a sus perritas durmiendo junto a ella. ¡Qué pena! Pensó, –solo ha sido un sueño. Mamá le dijo que no se enfadará que había venido su primo Pablo y cenarían  Mcdonald, además que Pablo se había empeñado en comprar doble de hamburguesa para las perritas, ya que estaban de oferta. Y también estaba Mancha.

A Ana enseguida se le pasó el enfado y se sintió feliz y con mucha suerte en la vida, ya tendría tiempo de que su pelo creciera y de trabajar.