viernes, diciembre 28, 2012
No es lo que parece
¡Miedo no, fue pánico lo que sentí aquel día! La gravedad de la tierra parecía haber desaparecido para mí, la intuía allí abajo mientras flotaba y me agitaba sin poder controlar mis movimientos, estaba paralizada. No podía separar los dientes, me dolía la mandíbula. Casi no tuve tiempo de pensar en nada. Quería gritar, llorar, pedir ayuda; pero nadie parecía oír mi quejido. Sabía que no estaba sola, aunque no podía ver, ni oía. No había luz, solo una muy pequeña y lejana que no servía sino para presentir lo lejos que estaba de mi espacio, de mi familia y amigos. ¿Cómo me pude embarcar sola en aquella aventura? Ahora ya no importaba, no creía que saliera viva de allí. Pensé que si no caía en el vacío, una arteria de la cabeza me reventaría, no podría seguir soportando esa presión. Me había metido en un buen lío, donde se juntaban todos los elementos que odiaba: espacio cerrado, oscuridad e inestabilidad. Y para colmo en ningún momento podía saber si tenía alguien detrás. ¡Odio no saber quién hay detrás, no controlar la situación! Toda mi vida pasó por mi cabeza, pensé que mi hija tendría que haber estado conmigo, tuvo suerte de librarse, fue una providencia que quisiera ir al baño con su amiga, estarían las dos a salvo. Quizás no la volvería a ver, tampoco podía recrearme mucho pensando en los demás, todo mi intelecto estaba desbordado por el miedo, el miedo es más fuerte que el amor, que el orgullo y la vergüenza, aunque se siente con menos frecuencia, es mucho más intenso. Por fin todo empezó a volver a la normalidad, parecía increíble, la agitación se fue desvaneciendo hasta desaparecer, podía ver. Al poco tiempo estaba en la calle, sintiendo el calor y la luz del sol y viendo a mi hija sonreír, mis pies en el suelo... ¡Felicidad! Me había dejado engañar sin duda por el nombre de la atracción. Mi consejo es que si vais a Eurodisney no os subáis a una atracción llamada "Nemo". ¡No es lo que parece!
sábado, diciembre 08, 2012
Las judías mágicas.
Asun Sánchez de Val
Vivía junto a mis padres en una pequeña casita en el bosque, mi padre era labrador y día tras día pasaba las horas trabajado las tierras de los ricos a cambio de un poco de comida. Un día enfermó a causa del frío y a los pocos días perdió la vida, nos quedamos solos mamá y yo. Mi madre era una mujer nerviosa y no podía trabajar, era débil. Así pasaban los meses y no teníamos que llevarnos a la boca.
Por eso empecé con sólo seis años a buscar setas por el bosque, granos, a plantar tomates y judías. En una ocasión ayude a una viejecita a cruzar el río. A cambio aquella mujer me regaló una bonita bolsa, yo creí que contenía monedas, pero cual fue mi decepción al abrirla que sólo había unas semillas de judías, sin ilusión las plante en la puerta de casa y me acosté. A la mañana siguiente era imposible abrir la puerta ,las judías habían crecido y tenían un tamaño impresionante, llegaban hasta el cielo. Lo primero que hice fue arrancar una y con ella preparé comida para toda la semana. Cuando mi madre despertó, me ordenó que cortara la mata. Antes de hacerlo, llevado por mi curiosidad quise trepar, pensando lo que se vería desde arriba, le dije a mamá que la cortaría al atardecer. Ayudado por una cuerda comencé a subir por la planta, ¡que bonito todo aquello!, podía ver los pueblos cercanos y algunos que no sabía ni de su existencia. Ya estaba a la altura de las nubes y quise dormitar en una de ellas, así que subí más y más alto. Perdí la noción del tiempo, ya debería de ser la hora del almuerzo. De pronto como flotando entre las nubes vi un inmenso castillo y pensé que tal vez me darían algo de comer, el viaje había sido largo e incómodo.
Animado por el hambre y la curiosidad, golpee el pomo de la puerta y escuché al otro lado un grito terrorífico.
-¿Quien tiene la osadía de molestarme en la siesta?-, me escondí muerto de miedo. Un ser horrible y gigante con un solo ojo abrió la puerta, al no ver a nadie la golpeó y se fue, lo hizo con tanto genio, que la puerta se volvió a abrir. No se cómo estuve, pero me colé en aquella fortaleza. Pude ver al gigante contar y recontar monedas de oro, debería de tener una gran fortuna. Después le vi sentarse en un rincón y llorar, maldiciendo su suerte y su soledad. Empezó a soplar un fuerte viento y se percató de que la puerta estaba abierta, enseguida imaginó e incluso olió que no estaba sólo. Cerro la puerta, echó el cerrojo y empezó a poner todo patas arriba buscando al intruso, que era yo. Finalmente dio conmigo, que me escondía en la cocina debajo de una palangana, la culpa la tuvo sin duda el sonido hambriento de mis tripas.
—¿Qué haces aquí?, maldito rufián, ¿cómo has llegado?—
No me salía la voz del cuerpo.
—¿Quien eres?, ¿no sabes hablar?
—Si señor
Le conté como llegue. Me escucho atentamente y después dijo:
—Qué importa la manera en que llegue la cena a la mesa, lo importante es que llegue. Esta noche te acompañaré con las judías por las que has trepado.—
Y me encerró en un cuarto vacío.
Desde aquel rincón oía las idas y venidas del gigante y sus llantos, maldiciendo una y otra vez su soledad. Pensé como librarme de acabar en su plato y pensando, pensando llegué a la conclusión de que debía de apelar a su soledad y ofrecerle mi amistad. Aunque no sabía como hacerlo.
Llegaron las 7.00 de la tarde y mi corazón empezó a temblar fuerte, el miedo me paralizo las piernas. Oí como se aproximaba a la habitación y me desmaye. Él pensó que me había muerto y creyendo que tenía alguna enfermedad, no se atrevió a cocinarme. Me depósito en el poyo de la cocina y sin saber muy bien que hacer conmigo comenzó a preparar un inmenso plato de judías. Mientras cocinaba, desperté despistado, no sabía donde estaba, enseguida fui consciente y él ya me estaba mirando, así que no puede huir. Y dije muy flojo:
—Te he oído llorar, ¿por qué estas tan sólo?
—¿Cómo te atreves maldito rufián, cómo osas preguntar?
—Yo también me siento solo, no tengo amigos, me encantaría tener uno, para jugar a las cartas, al escondite y sobre todo para reír, para reír mucho contando historias
El gigante calló durante largo rato, y después dijo:
—¿De verdad quieres un amigo?, no sé si sería buena idea ser amigo de mi cena.
—¿Por qué no?, —dije yo—, los dos estamos solos.
— Te propongo una cosa—me dijo—, te quedarás dos días y jugaremos a todo lo que sepas, si consigues que me ría tres veces, te perdonaré y tendrás que venir a jugar dos veces por semana. —
Acepté el trato de buena gana.
Durante los días siguientes hablamos de todo, de la gente de abajo, del colegio. Le enseñe a leer, a escribir, le conté cuentos y jugábamos al fútbol, al escondite a todo cuanto yo sabía. No río tres veces, sino muchas más, reía todo el tiempo. Cuando cocinaba apartaba un pellizco para mí, lo que era más que suficiente. Me preparó una cama con mucho esmero y cuando llegó la hora de mi partida, me regaló una moneda de oro, tan grande que casi me mato en el camino de vuelta.
Cuando llegue a casa mamá estaba preocupada, había llorado mucho pensando que me había perdido. Pero cuando cuando le conté todo, se mostró feliz. Vendimos el oro y pudimos comenzar a vivir con holgura. Mamá me hizo prometer que sería agradecido con el gigante y cumpliría mi promesa.
Así lo hice, todas las semanas trepaba dos veces por la mata y jugaba con mi nuevo amigo, lo pasábamos muy bien, realmente se había convertido en un gran tipo. Cada vez que volvía a casa lo hacia con una nueva moneda de oro, el oro parecía fluir mágicamente en aquel castillo, nunca se acababa.
A los años una de las veces que le visite, le encontré enfermo. Me quedé con él cuidándole hasta el final de sus días. Después, encontré una nota diciendo que era su deseo que me quedara con todas sus posesiones, así fue como descubrí a la gallina. Mi amigo tenía una enorme gallina que no ponía huevos, sino gigantes monedas de oro, por eso nunca se acababa. Recogí la gallina y algunas cosas de valor y me deslice por la planta, mientras bajaba vi como el castillo se desvanecía y desaparecía.
Es por eso que hoy soy un hombre rico, porque tuve un amigo verdadero.
FIN.
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