sábado, diciembre 08, 2012


Las judías mágicas. 
Asun Sánchez de Val


Ahora soy un hombre rico, pero cuando era pequeño viví en la miseria. Hasta qué un día llegó mi buena fortuna y os voy a explicar como:

Vivía junto a mis padres en una pequeña casita en el bosque, mi padre era labrador y día tras día pasaba las horas trabajado las tierras de los  ricos a cambio de un poco de comida. Un día enfermó a causa del frío y a los pocos días perdió la vida, nos quedamos solos mamá y yo. Mi madre era una mujer nerviosa y no podía trabajar, era débil. Así pasaban los meses y no teníamos que llevarnos a la boca. 

Por eso empecé con sólo seis años a buscar setas  por el bosque, granos, a plantar tomates y judías. En una ocasión ayude a una viejecita a cruzar el río. A cambio aquella mujer me regaló una bonita bolsa, yo creí que contenía monedas, pero cual fue mi decepción al abrirla que sólo había unas semillas de judías, sin ilusión las plante en la puerta de casa y me acosté. A la mañana siguiente era imposible abrir la puerta ,las judías habían crecido y tenían un tamaño impresionante, llegaban hasta el cielo. Lo primero que hice fue arrancar una y con ella preparé comida para toda la semana. Cuando mi madre despertó, me ordenó que cortara la mata. Antes de hacerlo, llevado por mi curiosidad quise trepar, pensando lo que se vería desde arriba, le dije a mamá que la cortaría al atardecer. Ayudado por una cuerda comencé a subir por la planta, ¡que bonito todo aquello!, podía ver los pueblos cercanos y algunos que no sabía ni de su existencia. Ya estaba a la altura de las nubes y quise dormitar en una de ellas, así que subí más y más alto. Perdí la noción del tiempo, ya debería de ser la hora del almuerzo. De pronto como flotando entre las nubes vi un inmenso castillo y  pensé que tal vez me darían algo de comer, el viaje había sido largo e incómodo.

Animado por el hambre y la curiosidad, golpee el pomo de la puerta y escuché al otro lado un grito terrorífico.
-¿Quien  tiene la osadía de molestarme en la siesta?-, me escondí muerto de miedo. Un ser horrible y gigante con un solo ojo abrió la puerta, al no ver a nadie la golpeó y se fue, lo hizo con tanto genio, que la puerta se volvió a  abrir. No se cómo estuve, pero me colé en aquella fortaleza.  Pude ver al gigante contar y recontar monedas de oro, debería de tener una gran fortuna. Después le vi sentarse en un rincón y llorar, maldiciendo su suerte y su soledad. Empezó a soplar un fuerte viento y se percató de que la puerta estaba abierta, enseguida imaginó e incluso olió que no estaba sólo. Cerro la puerta, echó el  cerrojo y empezó a poner todo patas arriba buscando al intruso, que era yo. Finalmente dio conmigo, que me escondía en la cocina debajo de una palangana, la culpa la tuvo sin duda el sonido hambriento de mis tripas.
—¿Qué haces aquí?, maldito rufián, ¿cómo has llegado?—
  No me salía la voz del cuerpo.
 —¿Quien eres?, ¿no sabes hablar?
—Si señor
   Le conté como llegue. Me escucho atentamente y después dijo: 
—Qué importa la manera en que llegue la cena a la mesa, lo importante es que llegue. Esta noche te acompañaré con las judías por las que has trepado.—
   Y me encerró en un cuarto vacío.

Desde aquel rincón oía las idas  y venidas del gigante y sus llantos, maldiciendo una y otra vez su soledad. Pensé como librarme de acabar en su plato y pensando, pensando llegué a la conclusión de que debía de apelar a su soledad y ofrecerle mi amistad. Aunque no sabía como hacerlo. 

Llegaron las 7.00 de la tarde y mi corazón empezó a temblar fuerte, el miedo me paralizo las piernas. Oí como se aproximaba a la habitación y me desmaye. Él pensó que me había muerto y creyendo que tenía alguna enfermedad, no se atrevió a cocinarme. Me depósito en el poyo de la cocina y sin saber muy bien que hacer conmigo comenzó a preparar un inmenso plato de judías. Mientras cocinaba, desperté despistado, no sabía donde estaba, enseguida fui consciente y él ya me estaba mirando, así que no puede huir. Y dije muy flojo:

—Te he oído llorar, ¿por qué estas tan sólo?
—¿Cómo te atreves maldito rufián, cómo osas preguntar?
—Yo también me siento solo, no tengo amigos, me encantaría tener uno, para jugar a las cartas, al escondite y sobre todo para reír, para reír mucho contando historias
    El gigante calló durante largo rato, y después dijo:
—¿De verdad quieres un amigo?, no sé si sería buena idea ser amigo de mi cena.
—¿Por qué no?, —dije yo—,  los dos estamos solos.
—   Te propongo una cosa—me dijo—, te quedarás dos días y jugaremos a todo lo que sepas, si consigues que me ría tres veces, te perdonaré y tendrás que venir a jugar dos veces por semana. —
  Acepté el trato de buena gana.

Durante los días siguientes hablamos de todo, de la gente de abajo, del colegio. Le enseñe a leer, a escribir, le conté cuentos y jugábamos al fútbol, al escondite a todo cuanto yo sabía. No río tres veces, sino muchas más, reía todo el tiempo. Cuando cocinaba apartaba un pellizco para mí, lo que era más que suficiente. Me preparó una cama con mucho esmero y cuando llegó la hora de mi partida, me regaló una moneda de oro, tan grande que casi me mato en el camino de vuelta.

Cuando llegue a casa  mamá estaba preocupada, había llorado mucho pensando que me había perdido. Pero cuando cuando le conté todo,  se mostró feliz. Vendimos el oro y pudimos comenzar a vivir con holgura. Mamá me hizo prometer que sería agradecido con el gigante y cumpliría mi promesa.

Así lo hice, todas las semanas trepaba dos veces por la mata y jugaba  con mi nuevo amigo, lo pasábamos muy bien, realmente se había convertido en un gran tipo. Cada vez que volvía a casa lo hacia con una nueva moneda de oro, el oro parecía fluir mágicamente en aquel castillo, nunca se acababa.

A los años una de las veces que le visite, le encontré enfermo. Me quedé con él cuidándole hasta el final de sus días.  Después,  encontré una nota diciendo que era su deseo que me quedara con todas sus posesiones, así fue como descubrí a la gallina. Mi amigo tenía una enorme gallina que no ponía huevos, sino gigantes monedas de oro, por eso nunca se acababa. Recogí la gallina y algunas cosas de valor y me deslice por la planta, mientras bajaba vi como el castillo se desvanecía y desaparecía.

Es por eso que hoy soy un hombre rico, porque tuve un amigo verdadero.

FIN.

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